domingo, 9 de marzo de 2008

170 españoles hablan del Ejército



Título: 170 españoles opinan sobre sus militares
Autoría: Colectiva
Editorial:
Adalede (Asociación de Diplomados en Altos Estudios de la Defensa Nacional)
Páginas: 397


Javier Solana
Alto Representante de la UE


La transformación de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil en España en los últimos treinta años ha discurrido en paralelo, en amplitud y profundidad, con la experimentada por la sociedad española en su conjunto.
Desde un aislamiento secular, España se abrió al mundo exterior con decisión, con impulso renovador y un grado de preparación y competencia que pronto fue muy apreciado por nuestros socios. Los militares, hasta entonces, tan encerrados como la sociedad a la que sirven, experimentaron un proceso similar: su apertura al mundo les hizo comprender que la mejor manera de defender a España es a través de la seguridad compartida y la defensa colectiva, contribuyendo a crear un entorno internacional más estable y pacífico, tarea ésta a la que han dedicado sus mejores afanes.
He tenido el privilegio de vivir de cerca ese proceso, como miembro de Gobierno desde 1982 a 1995, luego como secretario general de la OTAN, y actualmente como Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea, y conozco bien el esfuerzo que España ha hecho para disponer de unas Fuerzas Armadas profesionales, bien dotadas, preparadas para cumplir con sus deberes constitucionales y siempre dispuestas a poner en práctica los compromisos y las decisiones del Gobierno de la nación.

Antonio Mª Rouco
Pte. Conferencia Episcopal

La solicitud pastoral de la Iglesia por los que ejercen la profesión militar ha sido constante a lo largo del tiempo. Da muestra de ello no sólo la atención pastoral ordinaria, sino también el establecimiento de unas modalidades propias que tienen en cuenta las características peculiares y el modo de vida de los ejércitos. La movilidad, a la que necesariamente están sujetos en razón de su profesión y de las misiones que deben realizar al servicio del bien común, impide que tengan una estrecha vinculación con sus parroquias y sus diócesis y, por tanto, ha exigido de la Iglesia una forma de asistencia religiosa que acompañe de modo permanente a los miembros de las Fuerzas Armadas allí donde estos se encuentren prestando su servicio, para fortalecer en la fe y en la esperanza a aquellos que creen en Cristo, y para ofrecer a todos la posibilidad de encontrarse con Aquel que, habiendo entregado su vida por nosotros y abriéndonos las puertas de la Vida, da un sentido nuevo y pleno a la entrega que cotidianamente se pide y se vive al servicio de los demás.
(...)
El Papa Juan Pablo II, citando un texto del Concilio Vaticano II, recordaba la naturaleza y la función de las Fuerzas Armadas, su razón de ser y el marco de referencia que debe guiar toda su actividad: «los que, destinados al servicio de la patria, se encuentran en el ejército, deben considerarse a sí mismos como servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos y, mientras desempeñan esta función, contribuyen al establecimiento de la paz».

José Bono
Ex ministro de Defensa


En la figura del que fuera primer ministro de Defensa de la democracia, el teniente general Gutiérrez Mellado, resistiendo la zafia corpulencia de un amotinado, se sintetizan las cualidades y valores que abrigan la inmensa mayoría de los soldados españoles.
En los Ejércitos de España, con los que he tenido el honor de trabajar más de dos años codo con codo, veo una extraordinaria combinación de argumentos democráticos: servicio a los ciudadanos, respeto inquebrantable a las instituciones y la Constitución, dedicación, profesionalidad, mantenimiento de las mejores tradiciones.
En los últimos 30 años estas cualidades se han asentado sólidamente. Disponemos de unos ejércitos al servicio de los ciudadanos y de la Democracia. Unas Fuerzas Armadas preparadas para las nuevas misiones vinculadas a la seguridad y bienestar de los españoles, unos soldados y marineros orgullosos de servir y, como profesionales, respaldados en su labor... y, en consecuencia, una sociedad agradecida, la española, que demanda lo mejor de ellos, pero al tiempo reconoce su dedicación, capacidad y esfuerzo.
En estos treinta años han cambiado los Ejércitos, como lo ha hecho España y el mundo. No sólo nos dotamos de un ordenamiento jurídico respetuoso con las libertades y derechos, de un Estado Social y Democrático de Derecho, de una Monarquía parlamentaria; los españoles nos alumbramos nuevamente al exterior, un entorno que tras nuestro ingreso en la Alianza Atlántica (1982) y la Comunidad Económica Europea (1986) se transformó por completo. Y con ellos nuestras Fuerzas Armadas.

Enrique de Ybarra Ybarra
Vicepresidente de Vocento


Desde la batalla de Salamina, que enfrentó a griegos y persas, hasta las contiendas de las dos guerras mundiales, la guerra en su sentido más dramático no vivió un apogeo como el de la batalla del golfo de Leyte. Fue en octubre de 1944 el mayor combate naval de la historia. Trescientas embarcaciones y 200.000 hombres se enfrentaron en un área de dimensiones tan colosales como el de las Islas Británicas.
(...)
Las terribles palabras de uno de los héroes de aquellas horas decisivas, el almirante William F. Halsey hijo -«no sé qué nos produce más placer, si ahogar a los japoneses o quemarlos»- nos resultarían hoy inaceptables en los principios de cualquier Ejército de una democracia. Cuando en 1935 Jean Giraudoux, con las heridas aún no cerradas de la Primera Guerra Mundial, escribe «La guerra de Troya no tendrá lugar» apela a un sentimiento que en el siglo XXI ha germinado con fuerza (...) Albert Camus, implicado en la lucha encubierta contra los nazis escribió de forma pedagógica en el diario Combat, después de la guerra, para combatir con la pluma la espiral de odio y violencia que reflejó de forma admirable en artículos como el de «Ni víctimas ni verdugos»
En el escenario formidable de la batalla del golfo de Leyte se enfrentaban junto a buques, cañones y hombres dos conceptos de guerreros. La identidad forjada por los gobiernos militaristas de Japón rendía culto a la muerte; la democracia estadounidense nunca lo hizo. El historiador Willmott reflejó ese choque de culturas señalando de forma acertada cómo el soldado de las canciones bélicas estadounidenses volvía a casa después de servir en el frente; el de las japonesas se despedía de su familia para ir a morir en el campo de batalla. Para el general Patton la labor de un soldado o un marino estadounidense no era morir por su patria, sino hacer que el enemigo muriera por la suya.
Definitivamente, la hoguera de la II Guerra Mundial se apagó el día en que cayó el Muro de Berlín contra el que Juan Pablo II clamó. Fue el comienzo del mayor proceso pacífico de reunificación pacífica en la historia de Europa desde el Atlántico a los Urales. Ni el genio político de Maquiavelo ni el militar de Napoleón hubieran imaginado que tal empresa hubiera podido realizarse sin acumular cuerpos de ejército para movilizarlos en vastas campañas militares.
¿Cuál es el papel hoy de las fuerzas armadas? ¿Dónde radican sus fortalezas? Excepto el caso de Turquía, el mayor ejército no profesional en su totalidad de la OTAN, las sociedades de la Alianza Atlántica, entre las que España ocupa posición de avanzada, han convertido sus Fuerzas Armadas en uno de los pilares de la sociedad civil. Los ejércitos asumen sus misiones precisas en casos de conflicto extremo pero su perfil más importante es el de sus labores en momentos de quiebra, fragilidad y pánico de la sociedad civil. La cara de las fuerzas armadas ya no es la de angustia heroica en días y noches de combate en el golfo de Leyte. Y tampoco su rostro es el de la guerra de Irak. Su nueva brújula busca el perfil de las labores intensas de reconstrucción de puentes en Afganistán, los hospitales de campaña ante lacras y epidemias, o el de las masivas intervenciones ante inundaciones y pavorosos incendios (...) En esas misiones de ayuda y solidaridad es donde cayeron en este siglo los nuevos héroes.

Miguel Blesa de la Parra
Presidente de Caja Madrid


Muchos han sido los cambios experimentados en la sociedad española en los últimos treinta años y muchas también las transformaciones que se han operado en las instituciones que conforman el cuerpo fundamental de la estructura del Estado. Desde el punto de vista formal, esas transformaciones han consistido en adaptar las estructuras particulares a la nueva y gran estructura del Estado democrático definido en nuestra Constitución, lo que ha requerido, además de una intensa actividad legislativa para crear nuevas instituciones o modificar las existentes, una continuada práctica que ha ido modelando el discurrir de las actividades de cada una de ellas.
Pero las grandes transformaciones exigen mucho más que cambios formales: reclaman genuina interiorización de esos cambios, asunción de elementos programáticos diferentes, asimilación de hábitos nuevos, reformulación de enfoques superados. Ese contenido inmaterial es el que requiere muchas veces de más tiempo y de más esfuerzo para lograr que arraiguen los cambios realmente trascendentales en una sociedad.
En ambos aspectos, el formal y el sustantivo, las Fuerzas Armadas de España se han transformado con pasos de gigante. En treinta años, un período de tiempo en términos históricos muy breve, el legislador ha desmantelado muchos de los esencialismos aparentemente inamovibles de las Fuerzas Armadas y éstas no sólo han aceptado todo el complejo legislativo sobrevenido, sino que han hecho suyos los cambios con honrada naturalidad.